LA CIUDAD COLONIAL DE SANTO DOMINGO
Estas navidades he tenido el privilegio de visitar la zona colonial de Santo Domingo, que el profesor Bruno Pujol me dice que se llama colonial por Colón, no por colonia. Al curioso, el lugar le golpea con sensaciones contradictorias: esa catedral gótica con tendencias renacentistas te traslada en un vuelo al compostelano Hostal de los Reyes Católicos: baste decir que la preside el águila bicéfala del cesar Carlos. El Hospital, sin reserva del derecho de admisión, te hace barruntar que no todo fue tan terrible. La fortaleza, aunque no sea aquella donde se juzgó a Colón (porque tras un huracán la ciudad se mudó a la otra orilla del río Ozama), es seña de que allí imperó el Dura Lex, sed Lex. Pero si miras alrededor, te viene el bajón: la maraña de cables es tan tupida que a veces oculta las casonas que hay detrás; una nube de basuras y plásticos tapa el mar de España y, el que no tiene para una pistola, hace guardia a la puerta de su quiosco con un rifle de pesca submarina. Así es...